Una acción casi tan complicada como darle una pastilla a un gato y para algunos dueños, todavía más difícil. Hay perros que en cuanto ven el cepillo huyen, gruñen o tratan de despedazarlo entre sus dientes. También hay otros que simplemente no paran de moverse y otros más que se paralizan de miedo.

El cepillado de nuestro perro no debería ser nunca una molestia y mucho menos una tortura, ni para él ni para nosotros. El tiempo del cepillado es tan importante como los paseos o la hora del juego y además de beneficiar directamente en la salud del perro, crea un vínculo de confianza en el que el perro se relaja, llegando incluso a quedarse dormido.

Poner toallas o telas no es una buena opción, ya que estas podrían no evitar el deslizamiento del perro y además se llenarán de pelos que serán difíciles de quitar.

Lo primero es buscar el sitio adecuado para el cepillado. Si es un perro pequeño o un cachorro, lo mejor es buscar una mesa recubierta de una alfombrilla antideslizante; las que se colocan en las bañeras y tienen ventosas en la parte de abajo son muy prácticas y pueden colocarse en cualquier mesa o escritorio, evitando que el perro resbale y se sienta nervioso e inseguro, además de que son muy fáciles de lavar.